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El Tío Mantequero De Málaga (un ritual satánico)

  
 
 El Crímen del Martinete, como fue llamado por la prensa de principios del siglo XX, puso de manifiesto a la sociedad y autoridades del momento la realidad de un nuevo tipo homicida. Aquel asesinato sembró de indignación primero y, posteriormente, inquietud las calles de la ciudad de Málaga. Un episodio que certificaba la realidad de un tipo de asesinos capaces de sesgar la vida de niños y niñas para obtener su grasa y sangre a cambio de unos reales… 
 
 Málaga vivía la calma de aquel caluroso mes de agosto de 1913. Las tertulias en el Pimpi o en cualquiera de los cafés, como el de Chinitas, al amparo de un vino de los montes, giraban en torno a las acciones de nuestras tropas en África y al mano a mano que tendría lugar en el coso de Antequera entre dos figuras del toreo: Paco Madrid y Joselito el Gallo, con ganado del Marqué de Guadalest, mediarían su arte y valor en el ruedo.

Ajeno a todo ello, Manolito Sánchez, un jovenzuelo alegre y pícaro, jugaba en la calle como otro día cualquiera mientras sus padres regentaban el puesto ambulante que tenían frente al cine Pascualini. La humilde familia parecía estar de enhorabuena. Los diferentes estrenos, como “La Catástrofe del Titanic” en la sala Ideal, auguraban un aumento en las ventas y, en consecuencia, algún dinero con el que poder comprar comida al final del día.

Había caído la noche aquel 7 de agosto de 1913 cuando Manolito decidió aceptar la invitación de un desconocido con el que acababa de toparse mientras correteaba por las céntricas calles malagueñas. La recompensa que le había prometido por indicarle el camino a dirección cercana merecía la pena. Confiado, anduvo por el Paseo del Heredía hasta que al llegar a la tapia de la hoy desaparecida Fundición del Martinete, junto a unos cañaverales, no tuvo tiempo de reaccionar cuando el individuo se abalanzó sobre él.

Un silencio sobrecogedor se adueñó del lugar al mismo tiempo que era un instante se escucharon siete chasquidos pertenecientes a los resortes de una navaja. El frío filo de un cuchillo rondeño se hundió en el cuello del infante y cortó su piel desde la garganta hasta la columna vertebral. La noche se tiñó de púrpura cuando la sangre del inocente, brillante y caliente, cayó a borbotones en un recipiente de hojalata…
EL CRIMEN DEL MARTINETE

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La familia Sánchez se dio cuenta de la falta del niño al final del ajetreado día. Nadie sabía dónde podía haber. No era una situación normal y la preocupación hizo que las búsquedas del adolescente -por la ciudad y sus alrededores- se convirtieran en una tarea incansable desde el mimo momento en que se tuvo constancia de su desaparición. Las batidas de las cuadrillas de hombres y agentes de la ley terminaron tres días más tarde de la desaparición del joven cuando se halló un cuerpo, en avanzado estado de descomposición en las cercanías del Coto de las Cañas del Cañaveral.

El 13 de agosto de 1913, rotativos como “La Unión Mercantil” se hacía eco del macabro hallazgo en primer plana. Una noticia que, bajo el titular “Se desvaneció el misterio. Es un infanticidio”, confirmaba las sospechas que muchos ciudadanos tenían sobre la intención oscura y sombría que parecía ocultarse tras la maquiavélica acción.

“Estábamos convencidos -rubricaron los reporteros del diario- desde que tuvimos noticia de la aparición del cadáver del desgraciado niño Manuel Sánchez, y conociendo algunos detalles de su vida y desaparición, que su muerte no se debía a un accidente casual, sino a una mano alevosa, que cruel y despiadadamente ha sesgado la existencia del pequeño. Los hechos han dado la razón a esa sospecha que casi era una incertidumbre”.

Los datos que rodeaban su muerte no hicieron sino que surgieran los interrogantes ¿Quién, cómo, dónde y por qué lo hicieron?

 

 
“las primeras hipótesis apuntaban que al chiquillo se le había raptado con algún engaño para posteriormente ser asesinado al final del Paseo Heredia donde, tras abusar de él y debido a la resistencia que debió poner el pequeño, fue finalmente degollado.” 

 
OBJETIVO: “EL HOMBRE DE LA VARITA”

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Los médicos forenses don Juan Ramírez Pérez y don Francisco Cazorla, ayudados por el practicante don Sebastián Delgado y ante la presencia del juez instructor suplente del distrito de Santo Domingo, don Miguel Segura, constataron en sus informes que el chiquillo había sido asesinado. Su cuerpo presentaba un corte en el cuello, de entre ocho y diez centímetros -no dieciocho centímetros como algunos divulgadores han informado- que llegaba hasta la columna vertebral. El adolescente llevaba muerto varios días. Y las primeras hipótesis apuntaban que al chiquillo se le había raptado con algún engaño para posteriormente ser asesinado al final del Paseo Heredia donde, tras abusar de él y debido a la resistencia que debió poner el pequeño, fue finalmente degollado.

Las autoridades no dudaron en tomar medidas drásticas. Los agentes, comandados por el inspector provincial, Joaquín Ramírez, el capitán de la Guardia Civil Antonio Ruiz Jiménez y el teniente de la Benemérita Antonio Fernández Álvarez, coordinados y dirigidos por el juez Segura, abrieron la investigación sobre el singular homicidio.

“Todo es un misterio -afirmó el magistrado Segura a la prensa-. Hoy tomare declaración de nuevo a los padres de Manuel, a algunos chumberos de los establecimientos próximos al Pascualini, a Sebastián Morilla y a otros empleados del cine. Allá veremos si algunas de las declaraciones nos dan alguna luz que aclare este suceso misterioso como pocos los son”.

Los esfuerzos policiales pronto surtieron efecto y, gracias a las confesiones del adolescente Miguel Lozano Huesca, se llevó a cabo la detención del presunto secuestrador y criminal.

Mientras a las cinco de la tarde del 14 de agosto de 1913 se enterraba en el cementerio de San Miguel -zanja número 353, parcela E- a Manolito Sánchez, era preso Francisco Treviño Frías, un enigmático personaje, de profesión desconocida y apodado por la prensa como “el hombre de la varita”.

Más de veinte personas prestaron declaración en los despachos policiales y judiciales durante las siguientes semanas. Y, gracias, a los testimonios recabados, las fuerzas de seguridad se encontraron en callejón sin salida. Treviño, a pesar de tener problemas mentales, no había sido el responsable del infanticidio. Era inocente y ante la falta de pruebas, el procesamiento fue sobreseído.
MESES DE TEMOR ANTES DEL HORROR

Transcurrieron seis meses de silencio. Un tiempo de temor en las calles, ya que nunca antes se había producido un asesinato de esas características en la historia de la criminalidad malagueña. La urbe durante meses una tensa calma. Todo apuntaba a que el autor o autores quedarían impunes. Pero todo cambió de forma inesperada. Dos hombres, José González Tovar, alias El Moreno, y Francisco Villalba España, apodado El Trapero, fueron detenidos como presuntos responsables del degollamiento del joven Manolito.

El periódico “El Popular. Diario Republicano” cubrió los nuevos descubrimientos que los agentes de la ley habían hallado. Surgieron de forma casual tras las manifestaciones de un hojalatero que había escuchado a dos malhechores su implicación en el episodio debido al mal efecto del vino en una taberna. Cuando todo parecía que quedaría en el olvido se abrió de nuevo el caso. Los interrogatorios a los protagonistas, severos y contundentes, se prolongaron durante varias jornadas en las dependencias de la Prisión Provincial por parte del juez Gómez Bellido.

El titular del juzgado de Santo Domingo acudió, casi diariamente, para interrogar a los reos. Los presos se mostraban férreos en su inocencia. Hasta que, pocos días después de su encarcelamiento, José González Tomar comenzó a derrumbarse psicológicamente. Parecía no aguantar el peso de su conciencia entre las cuatro parees de la celda en la que estaba encarcelado. Dejó de comer, lloraba a lo largo de todo el día y, lo más importante, las versiones que empezó a dar eran contradictorias en los careos de los presuntos asesinos según pasaban las jornadas.

Las diligencias llevadas por el magistrado Bellido y el fiscal García del Valle, finalmente se presentaron el 4 de marzo de 1914 ante el teniente de la Guardia Civil don Teobaldo Guzmán y el letrado y procurador don Miguel Mérida y don José Vila Contreras, respectivamente, que se habían personado como los responsables de la Junta Provincial de Protección de la Infancia.

José González Tovar mantuvo tres versiones distintas ante las autoridades, siempre con la misma firmeza y energía en sus manifestaciones. Finalmente fue condenado. El asunto quedó resuelto ante el espanto de la sociedad: mataron a Manuel Sánchez para conseguir su sangre que posteriormente fuera tomada por un aristócrata que acudió al lugar en un carruaje de color negro como la noche y del cual nunca se llegó a saber su nombre. Jamás se llegó a saber a ciencia cierta quien fue el bebedor de sangre que consumió el brebaje sanguinolento junto al cadáver del niño aunque todas las hipótesis -barajadas por la rumorología callejera de la época- señaló al torero Gómez Brailey como el máximo responsable del suceso. Un popular maestro de espadas cuyo tiempo de éxito ya había terminado debido a la tuberculosis que padecía y cuya enfermedad se convirtió en la excusa perfecta para acuchillar y desangrar al adolescente creyendo que bebiendo su sangre curaría su mal como así le habían aconsejados los curanderos que había visitado.

 
 Francisco Contreras Gil

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